Relatos de identidad

Son aquellos donde la observación atenta del hábito de un ave en la ciudad se convierte en una metáfora de las complejidades intrínsecas que viven los autores. La mirada hacia el otro como una forma de verse reflejado, de aprender, de entender los conflictos internos y los sentires de un periodo de vida.

Un mirlo nos muestra nuestras vidas

Silvia Otero Espinal

IES Complutense

Era un día de primavera cualquiera en la ciudad de Alcalá de Henares. En el jardincillo ubicado justo al lado de la fachada de la Universidad de Alcalá de Henares, un grupo de alumnas de cuarto de la ESO nos encontrábamos sentados tranquilamente en un banco, aprovechando la calidez del sol mientras repasábamos con atención nuestros apuntes, preparándonos con esmero para los exámenes finales que nos aguardaban esa misma semana. A nuestro lado, nuestros perros permanecían tumbados, observando el paisaje soleado de aquel día, disfrutando también del ambiente y de la calma que ofrecía aquel rincón.

No muy lejos de nosotros, entre los arbustos que bordeaban el jardincillo y las pequeñas zonas de sombra que proyectaban los árboles, un mirlo hembra se movía con agilidad por el césped. Avanzaba a trompicones, en pequeñas carreras cortas y rápidas, interrumpidas cada pocos pasos por una parada brusca y un giro de cabeza, como si estuviera escuchando atentamente lo que sucedía bajo la superficie del suelo. Su plumaje negro brillante contrastaba con la hierba verde, y su pico anaranjado destacaba bajo la luz del sol. Ladeaba la cabeza con un gesto dramático, atento al más mínimo sonido o vibración que delatara la presencia de algún bicho o insecto escondido o de una lombriz que se deslizara por debajo de la tierra.

De pronto, como impulsado por su instinto, clavó su pico con precisión en el césped y, tras un breve forcejeo, extrajo de la tierra un gusano que se retorcía con energía. Aquella escena no pasó desapercibida para nosotros, que, sin dejar del todo nuestros apuntes, miramos con curiosidad el comportamiento del ave. Alguno de nosotras sonrió al ver la maña del pequeño cazador, como si ese instante nos ofreciera un respiro momentáneo de nuestras preocupaciones académicas.

Tras su caza, el mirlo alzó la vista, como valorando el entorno por un instante, y luego se dirigió con pasos ágiles hacia un arbusto cerrado y frondoso que se alzaba en una esquina del jardín. Se deslizó entre las ramas con la misma familiaridad de quien vuelve a casa. Oculto entre las hojas densas y las ramas entrelazadas, se encontraba su nido, un pequeño refugio donde probablemente le esperaban sus crías o su compañero. Una vez dentro, todo quedó en silencio, como si el pequeño episodio hubiera acabado y nosotras volvimos a nuestras labores académicas.

Una de nosotras, mientras apuntaba la fecha en su cuaderno, levantó por un momento la mirada hacia el arbusto donde había desaparecido el mirlo. Pensó, en lo similares que eran sus rutinas: el ave buscando alimento para su familia, nosotras luchando por nuestro futuro académico. Muy distintos, pero igual de atareados.

Sosiego de la mano de una paloma

Raquel Laura Saván

IES Alkalá Nahar

Nunca pensé que una paloma pudiera marcarme de alguna manera, pero, a veces, las cosas más tontas son las que se quedan grabadas. Esto pasó el año pasado, cuando tenía 16 años y estaba en cuarto de la ESO. Era un día normal, de esos en los que sales del instituto bastante cansada y solo piensas en llegar a casa, comer algo rápido y tumbarte en la cama a mirar el móvil sin pensar en nada. Caminé hacia la plaza donde siempre pasan a recogerme, escuchando música en mis cascos para no tener que hablar con nadie. Cuando llegué a la plaza, me senté en un banco a esperar. Entonces la vi. Una paloma torcaz, normal y corriente, como las que hay en todas partes, pero esta tenía algo diferente. No sé explicarlo, pero la forma en que se me quedó mirando fue como si me estuviera estudiando. Yo me empecé a reír sola porque me hacía gracia sentir que una paloma torcaz me estaba mirando así. Se me acercó sin miedo, caminando despacito, dando esos pasos cortos tan graciosos. Yo llevaba en la mochila unas galletitas de estas con azúcar que siempre me compro cuando tengo un día malo. Saqué una y rompí un trocito, se lo puse en el suelo y esperé.

La paloma torcaz lo miró un momento, como dudando, y luego empezó a picotearlo. No sé por qué, pero al verla ahí comiendo tan tranquila, me entró una especie de calma. Me incliné un poco y puse otro trocito más cerca de mi mano. La paloma torcaz se acercó tanto a mí que casi me rozó los dedos con el pico. Se me escapó una sonrisa nerviosa, de esas que no haces a propósito. De repente, dos señoras mayores que pasaban por allí empezaron a comentar que “las torcaces, como las demás palomas son ratas con alas”, y pensé que quizá la iban a espantar. Pero eso no sucedió. Se quedó dónde estaba, tranquila, como si confiara en mí. Al cabo de unos segundos, levantó la cabeza, me miró directamente y luego, muy despacio, abrió las alas. Se fue volando hacia el cielo, pero dio una vuelta por encima de mí antes de irse del todo. Fue como si me estuviera diciendo “venga, que no es para tanto”. Y, aunque parezca una tontería, me hizo sentir un poquito mejor. Cuando subí al autobús, estaba como en calma, ya no estaba tan enfadada conmigo misma. Pensé que, si una torcaz puede pararse un rato, confiar en alguien y luego seguir adelante, yo también podía hacer lo mismo. Desde entonces, cada vez que veo una, me acuerdo de aquel momento.

Mi modo de vida es el de ellas

Paula Martín Rodríguez

IES Alkalá Nahar

Alcalá parecía una ciudad tranquila. Gente caminando por la Calle Mayor, turistas haciéndose fotos en la casa de Cervantes, estudiantes yendo a clase. Sin embargo, si mirabas hacia arriba, entre las fachadas, había otra ciudad: la ciudad de los pájaros. Sus “edificios” eran los huequecitos en las paredes que los humanos casi nunca notaban. Para las palomas, eran apartamentos seguros; para los mirlos, lugares estratégicos desde los que vigilar para cazar.

Un gorrión bajó al césped de la Universidad de Alcalá y encontró un gusano. En lugar de comérselo al instante, imitó a un mirlo que andaba por allí cerca. Lo pinchó, esperó a que se relajara y volvió a atacarlo. Paciencia y estrategia: así es la vida de un gorrión. Los humanos pasaban sin enterarse de que este proceso estaba ocurriendo a la vez que ellos estaban ocupados en sus móviles y conversaciones.

De repente, una paloma llegó al hueco que el gorrión había marcado como su “apartamento”. Se metió sin permiso, reclamando el espacio para descansar y protegerse del frío. El gorrión la observó desde un alero cercano. No quería pelear directamente, pero tampoco podía ceder.

Yo, que caminaba por allí y observé la interacción, me sentí identificada. Como el gorrión, a veces busco mi propio lugar seguro en medio del caos, un lugar donde estar tranquila sin que todo el mundo me vea. Y, como él, a veces tengo que esperar, calcular y actuar en el momento justo para que las cosas ocurran como yo espero.

El gorrión se acercó lentamente, tratando de recuperar su espacio. La paloma lo vio y levantó las alas, lista para pelear por ese hueco. Al ver esto, el gorrión, que no se encontraba con ganas de pelear, tuvo que ir a buscar un “apartamento” diferente desde el que contemplar sus dominios. Ambas aves consiguieron lo que necesitaban sin que nadie de la “ciudad humana” lo notara.

Mientras que en la ciudad aérea los gorriones y las palomas seguían con su rutina de buscar alimento y luchar por su lugar, Alcalá seguía su ritmo normal, sin que nadie se fijase realmente en la vida paralela que ocurría sobre sus cabezas.

Al caer la tarde, los gorriones, satisfechos con su caza del día, se acomodaron en las cornisas mientras que las palomas se quedaban en esos recovecos de las fachadas que las resguardan. Yo, mientras me alejaba por la plaza, reflexioné sobre el hecho de que mi vida no era realmente tan diferente a la de ellos. Ya seas un humano o un pájaro, cosas como buscar un lugar seguro, medir los posibles riesgos de tus acciones, ser capaz de aprovechar bien las oportunidades que se te presentan y ser capaz de sobrevivir entre el caos y el ruido generado por el resto de la ciudad, es algo totalmente esencial para sobrevivir en la ajetreada vida de una ciudad.

Una cigüeña agradecida

Lucía Oliva Martínez

IES Alkalá Nahar

Mara, Claudia y yo salimos del CRAI justo cuando el sol empezaba a ponerse, que es la mejor hora para hacer fotos, ¿sabes? Llevábamos nuestros cafés de la pastelería, que son un vicio, y estábamos decidiendo qué zona del centro era la perfecta para iniciar nuestra sesión de fotos de la tarde, que con tantos exámenes llevábamos mucho tiempo sin subir nada a Instagram. Yo, siempre estoy con el móvil en la mano, buscando ese ángulo que haga que la foto quede perfecta para subirla.

Estábamos cerca de un edificio antiguo, con unas paredes muy chulas, cuando escuchamos un ruido súper fuerte y feo. No era un coche ni nada normal, era un golpeteo constante y desesperado. Miramos hacia arriba, hacia los tejados, y vimos a las cigüeñas. Estaban súper alteradas y, la más grande, no paraba de golpear el pico contra algo. Parecía que le pasaba algo grave, no era su sonido habitual.

Al fijarnos bien, vimos que el problema era que tenía algo enredado en la pata, con un trozo de plástico o una cinta, y no podía moverse bien. Se notaba que estaba sufriendo. No podíamos dejarla así. Vimos a un chico que iba con Mara al colegio que estaba arreglando una bici cerca y le pedimos ayuda súper rápido, explicándole todo lo ocurrido con la cigüeña. El chico, que se llamaba Sergio, vino enseguida. Cogió una herramienta larga que tenía y, con mucha calma, se puso a intentar desenredar ese plástico que tenía la cigüeña. Nosotras estábamos súper tensas, mirando fijamente, aunque también nos hacía gracia la situación. Al final, Sergio logró soltar el trozo de basura. La cigüeña, como muestra de agradecimiento, empezó a volar por nuestro alrededor. Gracias a esto, Mara me sacó una foto increíble en la que, de fondo, se veía la cigüeña. Creo que nunca he tenido una foto así.

La libertad es una bandada de estorninos

Minerva Felipe Rodríguez

IES Machado

Salí corriendo de casa, las lágrimas recorrían toda mi cara, no podía parar de pensar en cómo me había gritado, en cómo me dijo que no podía seguir así. El aire frío de la tarde me golpeaba, pero no me importaba. Solo quería alejarme, perderme entre calles hasta que el ruido de mi cabeza se apagara. Mis pasos me llevaron a la plaza Cervantes. Me senté en un banco bajo la estatua del escritor o, como yo le llamaba, del “monigote”, para recuperar el aliento. Ahí fue cuando los vi: una bandada de estorninos flotando en el aire sobre lo alto de una iglesia. De repente fue como si el tiempo se hubiera detenido, como si estuviera hipnotizada: mis ojos solo podían ver el acrobático vuelo de aquellas majestuosas aves. Me sequé las últimas lágrimas que me quedaban y decidí sacar mi cuaderno de dibujo. Quería plasmarlo todo, quería inmortalizar el momento, la imagen de la perfección y armonía que aquellas aves en tan solo dos aleteos consiguieron dejar en mí. Primero tracé el boceto, dos alas que estaban a mitad de un aleteo. Pero mi corazón no quería expresar la perfección y armonía que mi mirada quería; mi corazón me obligaba a trazar ese dolor, ese agujero que había en él. Dibujé un flechazo, uno que atravesara la bandada haciéndola imposible de remontar el vuelo, porque mi estornino interior era así, sin libertad, un estornino al que le habían cortado las alas. Me olvidé de todo, del tiempo, del resto del mundo. Cuando llegué a casa, me encerré en mi habitación, me tumbé en mi cama y pensé que solo quería ser como los estorninos que vi en la plaza: libre.

Con los vencejos en busca de sentido

Valeria A. González

IES Machado

El otro día me senté delante de mi lugar favorito de Alcalá, el Corral de Comedias, y me di cuenta de lo que me gusta el arte. Cada vez soy más consciente de que todo lo que me rodea es arte, y de lo poco que se admira hoy en día. Los jóvenes de hoy apenas leemos, creamos o imaginamos, pero el arte nunca morirá. Está en todas esas pequeñas cosas que se encuentran en la cotidianidad de nuestras vidas.

Mientras reflexionaba sentada en ese lugar tan inerte y a la vez tan lleno de vida, me interrumpieron unos vencejos. Al principio no les di mucha importancia, porque ¿quién se iba a fijar en aquellos pájaros tan usuales, tan insignificantes en un mundo tan grande? Pero tras observarlos durante un rato, me pregunté: ¿De qué más podría hablar el arte si no de la libertad de las aves, de su movimiento, del dominio de su espacio y de su tiempo?

Los miré con atención: sus trinos, sus bailes aéreos, su gentileza y, sobre todo, su despreocupación. De repente sentí cierta envidia hacia ellos. Los vencejos no temen al tiempo, ni al juicio, ni a la expectativa. Vuelan porque nacieron para hacerlo. Y pensé entonces: ¿Qué sería de nosotros si viviéramos esa misma libertad, si fuéramos capaces de crear sin miedo, amar sin medida y existir sin justificar cada paso?

Me quedé observándolos en aquel cielo tan inmenso que no se veía el final. Y fue entonces cuando entendí algo que nunca había pensado: el arte no vive en los museos, ni en los libros, ni siquiera en los cuadros o en los escenarios que tanto admiro… el arte vive en la mirada, en la capacidad de detenerse un instante, en la pausa entre un latido y otro, o en ese aleteo de aquellas aves tan maravillosas. Quizá por eso el mundo parece cada vez menos artístico: no porque falte belleza, sino porque faltan ojos dispuestos a admirarla como se merece.

Aquellos vencejos, ahora dentro de un ínfimo agujero en la fachada del Corral de Comedias, me hicieron darme cuenta de que aquel lugar no solo era un refugio artístico, sino que también era un refugio en el sentido más literal de la palabra. Y mientras el viento rozaba mis mejillas, ligero como una cálida caricia, me di cuenta de que aquellos vencejos me habían enseñado más de lo que creía: que la vida es efímera, que el instante no vuelve, que nada está garantizado excepto el vuelo.

Quizá por eso escribo. Porque, aunque el mundo avance sin detenerse, aunque la prisa devore lo esencial y lo cotidiano tape lo extraordinario, aún creo que vale la pena nombrar lo que nos sostiene. Porque el arte, como aquellos vencejos, no necesita ser visto para existir, pero sí necesita ser sentido para permanecer.

Tras el arrullo de la tórtola

Carlota Collantes Serrano

IES Machado

Después de un mal día, ¿qué es lo último que querrías hacer? Yo, alejarme de todo y todos e ir a un sitio donde no se escuche ningún tipo de ruido que pueda estresarme aún más.

Había sido una mañana larga, con exámenes, presentaciones, y notas que no fueron muy buenas. Al salir del instituto normalmente hablo con mis amigas, pero ese día no: solo quería salir de allí cuanto antes. Tampoco quería ir a mi casa, me daba miedo enfrentarme a mi madre y decirle que todo lo que había estudiado no sirvió de nada, que iba a volver a suspender. Decidí dejar que mi cuerpo eligiera a dónde quería ir realmente.

No presté mucha atención a mi alrededor mientras caminaba, tampoco estaba escuchando música, solo escuchaba los sonidos de mi alrededor, como coches, personas hablando, y un sonido específico que me cautivó durante todo el camino. No sabía identificarlo, solo sé que con el paseo mi corazón dejó de estar acelerado.

De pronto, mis piernas se pararon y subí la mirada: estaba en una plaza, más concretamente en la plaza de Las Bernardas. No había ni una sola alma en toda la plaza, lo que agradecí soltando el aire que llevaba reteniendo todo el camino. Me senté en un banco y miré mi móvil. Tenía llamadas perdidas de mis amigas y de mi madre. Quería responder a todos, pero mis manos no se movían, así que la pantalla de inició se apagó y empecé a llorar.

Cuando creía que estaba sola, un ave, una paloma, tal vez una tórtola, se posó en el mismo banco en el que estaba. Me giré para verla, y resultaba que me estaba mirando con atención. Entonces volví a escuchar el sonido que me había cautivado todo ese tiempo: era el arrullo de las tórtolas. Me di cuenta de que no estaba sola en esto, de que, aunque lo estuviera pasando mal, la naturaleza y más concretamente las aves siempre iban a estar para mí.

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