Los relatos cotidianos son aquellos que aprovechan como recurso la descripción de un momento no extraordinario de la vida de un adolescente para mostrar un suceso, un cruce repentino con un ave, que como si fuera otro ciudadano más enrolado en su día a día particular, amplifica la experiencia cotidiana que define un discurrir de vida.
Adrián Rino
IES Alkalá Nahar
Una mañana fría de noviembre como cualquiera en Alcalá, me levanté con una propuesta: conseguir la mejor foto de mi galería. Aunque sin mucha esperanza, porque no siempre es fácil, me preparé y salí de casa. Ya eran más o menos las ocho y cinco cuando el sol empezaba a dejarse ver por los tejados del centro de la ciudad complutense.
Con mi cámara en mano empecé a caminar en silencio con mucho frío, intentando buscar cualquier resquicio de calor por los bolsillos del abrigo. Distraído con los ruidos y pitidos de los primeros coches que pasaban por la carretera para ir a trabajar, mi atención se dirigió a un árbol de acículas tristes ubicado en la plaza de Las Bernardas, que el otoño ya había afectado. En la tercera rama del árbol se podía escuchar el canto de una pequeña ave. Me dispuse a enfocar con la cámara a ver si podía conseguir la primera foto del día.
Fue entonces cuando, de entre las ramas del árbol, apareció una pequeña mota de color rojizo, aunque rápidamente desapareció. Cuando me quise dar cuenta, el pajarito ya había bajado al seto y estaba quieto esperando, se trataba de un petirrojo. Logré echarle una foto pero, justo después, se metió en un arbusto que se encontraba en la parte de atrás. Le seguí con la mirada desde lejos y pude llegar a ver lo que era. Se trataba de un pequeño nido que protegería para sus futuros polluelos.
En ese mismo instante, en la fuente de mi derecha, otro pájaro de mayor tamaño que el petirrojo miraba atentamente al interior del nido en el arbusto. El agua de la fuente de la que bebía se reflejaba en su plumaje blanco y negro. Se trataba de una urraca.
Justo cuando el petirrojo volvió al árbol confiado, la urraca alzó rápidamente el vuelo y, graznando, llegó al nido, donde pudo coger unas cuantas ramas, tanto con el pico como con los pies. Dejó el nido destrozado y nuevamente huyó. El petirrojo, dándose cuenta, intentó seguirla hasta su nido en un largo vuelo. Sin embargo, no tuvo éxito alguno, ya que la urraca voló más rápido hasta desaparecer de su visión y alcance.
El petirrojo regresó apenado a su árbol de acículas tristes y yo, que gracias a su canto y llamada de atención había podido conseguir las dos fotos que deseaba, no me iba a ir sin devolverle el favor y quedarme de brazos cruzados. Empecé a recorrer el parque en busca de pequeñas ramas y hojas de todo tipo y colores, que pensaba que podrían gustarle. Después de aproximadamente quince minutos, ya tenía un buen montón. Se lo dejé cerca del arbusto y me alejé a la puerta.
Justo antes de salir, me giré y observé que estaba cogiendo las ramas para reconstruir el nido, mientras entonaba su canto. De la misma manera que entré al parque, continué mi camino por las calles del centro de Alcalá pero, ahora, con un nuevo aprendizaje sobre nuestros más cercanos vecinos y sus historias.
Carmen Gómez Figueras
IES Machado
Un viernes cualquiera de noviembre, unos alumnos de un instituto fueron a hacer una excursión a la Universidad de Alcalá con el objetivo de observar pájaros y así aprender de ellos. Empezaron en la plaza de la Universidad, donde pudieron ver los primeros pájaros: la cotorra argentina, la lavandera blanca, el gorrión y, como no puede ser de otra forma en esa ciudad, la cigüeña. Todos y cada uno de ellos se movían libremente por el aire, yendo de árbol en árbol e incluso pasando el rato en sus nidos.
Los alumnos los miraban fascinados con sus prismáticos, cuando una de las cotorras argentinas salió de uno de los altos árboles demasiado rápido. Todos la observaban cuando, de repente, sin previo aviso, apareció una lavandera blanca. Ya en el suelo, se dirigió hacia un pequeño hueco y cogió algo que nadie pudo alcanzar a ver qué era, excepto un niño que gritó “¡es un gusano!”
El pequeño pájaro se refugió bajo unos arbustos y tranquilamente se comió su presa, una pequeña lombriz.
Los estudiantes decidieron irse a otro sitio, y dejar que la lavandera explorara con tranquilidad el césped de la plaza y que la madre cotorra siguiera recogiendo comida y, probablemente, algunos palitos más para reforzar su nido. Vieron algunos pájaros más, pero lo que más les llamó la atención fue cómo las palomas se resguardaban en algunos agujeros en las paredes de muchos de los edificios de la zona. Algunas de ellas iban de uno a otro volando, como si fueran su hogar.
Después de un paseo adornado de aves, los alumnos y sus profesores regresaron al instituto. Habían aprendido mucho sobre pájaros, y más de uno empezó a interesarse por ellos y a sumergirse en su mundo.
Mónica Galiano Sanz
IES Alkalá Nahar
Alcalá de Henares, una ciudad llena de historia y edificios, pero no tan justa para las aves. De esta ciudad, una de las cosas que más llama la atención no son los edificios ni las torres, sino las aves, esas cigüeñas que, cuando vas caminando, te miran con una sonrisa como, por ejemplo, las cotorras argentinas que siempre te encuentras. Sí, esas aves verdes que podemos escuchar con frecuencia. Mucha gente las considera una plaga, pero tienen muchas cosas que aportar a esta ciudad.
La primera vez que las vi era muy pequeña, en primavera. Estaba dando un paseo con mi familia por el centro y escuché a los pájaros. De pequeña me daban mucho miedo, ya que tenían picos largos y pensaba que me iban a picar. Me dijeron que los pájaros que estaba viendo eran inofensivos y que, en concreto, eran cotorras argentinas. Me quedé mirando lo rápido que volaban y sus grandes nidos. Me llamó mucho la atención ver cómo se organizaban y cómo hablaban unas con las otras, con esos “chillidos”.
Mucha gente se queja de que hacen mucho ruido, que rompen ramas, que molestan mucho, que son una plaga… pero yo no lo veo así, son animales que quieren vivir tranquilos, ¿no hacemos nosotros lo mismo? Las cotorras argentinas fueron traídas aquí, por lo que no podemos juzgarlas, ellas solo se adaptaron al clima. Y lo consiguieron. Podemos observar lo bien adaptadas que están ahora.
Algunas veces, sobre todo cuando voy andando sola por la Plaza de las Bernardas, las veo volando. Y las sigo porque siento que me invitan a seguir buscando otras aves que se esconden entre los árboles. Gracias a ellas he descubierto a un jilguero, un pinzón y un verderón. Muchas veces, al pensar en aves de Alcalá de Henares, solo se nos vienen a la cabeza las cigüeñas, pero no nos damos cuenta de la cantidad de aves que hay a nuestro alrededor.
Estas aves vienen de lejos, cruzaron océanos y han encontrado un lugar donde vivir. Se han convertido en una parte esencial de Alcalá. ¿Qué serían esas tardes por el centro sin escuchar a estas aves piar? A mucha gente le parecen molestas, pero, en realidad, solo hacen ruido. Te puedo asegurar que mucho menos de lo que hacemos nosotros. No nos damos cuenta, pero, en realidad, el sonido de estas aves puede a veces ayudar a relajarnos.
Me parece curioso, ya que son aves valientes y atrevidas, no les da miedo acercarse a las personas. A veces me quedo pensando cómo se posan en los cables eléctricos. Cada vez que me encuentro con alguna de estas aves me recuerda que, incluso en entornos urbanos como Alcalá de Henares, la naturaleza puede ser muy bonita. Muchas veces nos mudamos a otros sitios buscando paisajes maravillosos y no apreciamos la belleza de los lugares en los que vivimos.
Con respecto a lo que he dicho antes, ¿no os parece extraño que a algunos humanos nos moleste el ruido que hacen y que a ellas no? Conviven con nosotros sin importarles el ruido constante: coches, campanadas, chillidos, bebés llorando… y ellas siguen aquí.
Me parece que tienen un gran poder adaptativo. Espero que algún día todo el mundo sepa apreciar a estas aves.
Natalia Moreno Mateos
IES Machado
Hace un mes, mi familia y yo nos mudamos a una pequeña casa en el centro de Alcalá. Antes vivíamos en Madrid, pero mis padres estaban cansados del ruido de los coches y del tráfico, y encontramos una casa en un lugar más tranquilo.
Al principio no me gustaba la idea de abandonar el que había sido mi hogar durante toda mi vida. Me pasaba las tardes encerrada en mi nueva habitación, mirando por la ventana. Desde ahí se veía la Universidad de Alcalá. Por encima, sobresalía la copa de un ciprés. Una tarde, mientras hacía mis deberes, escuché una melodía que atrajo mi atención. Había dejado la ventana abierta porque tenía calor. Me asomé y vi una bandada de aves que se dirigía hacia el ciprés.
Al día siguiente volví a ver al grupo volando, y estuve observando durante varias tardes. Siempre los veía volver al árbol, así que pensé que tendrían que irse de allí en algún momento. Ver cómo iban todos juntos volando en una perfecta formación, donde cada uno tenía su lugar, me relajaba.
Una mañana me levanté pronto porque tenía una cita en el médico, me preparé y, como cada día antes de salir, miré por la ventana. Fue entonces cuando la bandada salió del árbol, y averigüé que eso era lo que hacían siempre: era su rutina.
A la mañana siguiente, fui temprano al ciprés para ver al grupo de cerca, y descubrí que el ciprés era un dormitorio de verdecillos. A partir de ese momento, cada mañana y cada tarde los veía irse y volver al dormidero. Gracias a esto, empezó a gustarme más mi nuevo hogar.
Julia Fernández Segismundo
IES Alkalá Nahar
Bajé las escaleras de mi casa a trompicones, de dos en dos, de tres en tres y… no, ¡de cuatro en cuatro no! En un intento de realizar el salto más alto que había hecho nunca, había salido disparada hacia la puerta, estampándome contra el cristal recién limpiado que daba a la calle. Me incorporé, me masajeé la nariz y le intenté dar estructura a los tres solitarios pelos que hasta hacía nada habían caído sobre mi frente, estaban ahora aplastados.
“Me pasa por ir tarde siempre” pensé, mientras soltaba un leve gemido por el dolor. Había quedado con mi padre en la Plaza Cervantes a las ocho de la mañana. Sin embargo, eran las ocho de la mañana cuando me había retrasado buscando el dinero de mi abuelo en mi habitación.
El aire frío me erizaba el rostro y la espalda con cada paso que daba en dirección al centro. Las manos se estaban tornando de un color morado que conjuntaban con mis labios secos y pelados. Me pareció sorprendente que se pudiera ver algún turista en la calle Mayor con este frío. Pero, ahí estaban: grupos de alemanes e ingleses que se agrupaban silenciosos alrededor de un guía que les narraba historias sobre cómo los Reyes Católicos habían recibido a Colón en el Palacio Arzobispal y cómo el padre de Cervantes había cuidado de sus pacientes en el Hospital de Antezana.
Estaba segura de que solo los turistas y yo estábamos despiertos, pero la naturaleza no tardó en demostrarme lo contrario. Enfrente mío me encontré con un grupo de palomas que picoteaban migajas de los bocadillos de unos turistas que paseaban por allí. Acababan de abrir sus puertas al nuevo día. Sus cabecitas se movían sin parar en direcciones opuestas, con esos ojos que parecen vacíos. Sonreí, nunca he entendido por qué a algunas personas no les gustan las palomas.
De repente, un estridente chillido me sacó de mi observación. Miré hacia arriba tratando de encontrar al animal responsable de tal ruido y llegué a la conclusión de que, probablemente, eran cotorras, verdes, ruidosas, invasoras, pero siempre presentes. Me reí, me resultaba placentero disfrutar del sonido que producía una pequeña cotorra argentina que sobrevolaba los soportales de la calle Mayor, eso sí, despertando a todos a su paso.
Estos dos pequeños sucesos me hicieron fijarme más en los posibles amigos con alas que me estaban acompañando esa mañana, pasándome hasta entonces desapercibidos. No tuve que esperar nada hasta dar con una cigüeña que se mostraba lustrosa en la azotea de un edificio. Pude ver su pico introduciéndose y saliendo del nido. Posiblemente, alimentaba a sus crías cuando cayó en mi campo de visión.
Inhalé una bocanada de aire puro (y frío) y proseguí mi camino con una marcha más alegre, ya que me encontraba casi en la plaza, y pude divisar a mi padre saludándome con la mano. Me acerqué a él, emocionada porque iba a poder hablarle sobre los pájaros que había visto en el camino y, tal vez así, abriría una oportunidad para que conectáramos más.
María Elisabeta Apóstol
IES Complutense
Me hallaba sentada cerca de la fuente que se encuentra en el jardín del colegio de Málaga. Una fuente negra que no sé si todavía funciona, pero que me recuerda al abeto, porque está formada por tres recipientes en forma de plato que se van agrandando según se acercan a la base donde se recoge el agua. Antes, cuando el agua iba cayendo de uno a otro, debía de ofrecer una imagen muy bonita. Ahora el agua de lluvia se conserva y recoge en esos recipientes y los pájaros pueden beber de ellos. El patio es pequeño, según entras por la puerta de entrada, se ven pequeños jardincitos —arbustos circulares— con flores y, si continúas todo recto, llegas al lugar donde yo me encontraba, el lugar en cuestión. En el frente y los laterales están las aulas del colegio y, en el medio, la fuente rodeada de un par de bancos y varias zonas con jazmines y árboles.
Estaba ensimismada mirando el edificio. Es muy antiguo y tiene un aspecto bastante romántico. Pensaba en lo mucho que me hubiera gustado estudiar allí e imaginaba cómo serían las aulas detrás de las oscuras ventanas. También me imaginaba salir de clase y sentarme a estudiar donde yo estaba, o mirar por la ventana durante las clases y ver el maravilloso patio.
Distraída, mi mirada se posó de nuevo sobre la fuente. Un par de golondrinas se habían posado sobre ella y bebían agua. Yo rara vez había visto golondrinas. Son aves pequeñas y negras, con la parte anterior de la cabeza y garganta pardo-rojiza, pecho blanco y cola larga profundamente horquillada. Forman nidos de barro en los edificios, normalmente en aleros y vigas, por lo que me sorprendió verlas por ahí. Sin embargo, sumida en esa atmósfera de romanticismo y ambigüedad, me vino a la cabeza aquel famoso poema de Bécquer: “Volverán las oscuras golondrinas en tu balcón sus nidos a colgar y otra vez en el ala en sus cristales jugando llamarán…” Me encantaba ese poema. Tanto que me lo aprendía de memoria.
Entonces me imaginé también a él, observando estas avecillas, estas vecinas nuestras. Pero no solo había golondrinas en el patio del colegio de Málaga. Un pájaro carpintero también hacía suyo el patio. No hay un solo tronco que no visite. ¿Será acaso un pico pinos? Su poderoso pico no es para juegos.
Cuanta inspiración cogemos de los pájaros, ¿no? Cuantas veces aparecen en nuestros poemas, nuestras novelas, nuestros cuentos… Palomas, gaviotas, gorriones, perdices, cuervos… Y cuántas cosas representan: inocencia, libertad, riqueza, brujería… El ser humano busca inspiración en lo que le rodea y en las ciudades ¿qué nos rodea más que los edificios y los pájaros?
Tal vez porque el casco antiguo de Alcalá está lleno de historias de escritores y poetas, y ahora en ese edificio se da Filosofía y Letras, o tal vez porque soy una romántica como Bécquer, ese rincón y esas golondrinas me dejaron marcada, infundiéndome melancolía y nostalgia.
He aprendido a valorar las aves y buscarlas con la mirada.
Samuel Garrido González
IES Complutense
Todo comienza en la Universidad de Alcalá, más específicamente en el patio interior de ésta. Esta universidad es una de las más antiguas de España que aún está en funcionamiento. Yo, como un chico de 20 años, estaba tumbado en uno de los bancos de madera de este bello patio. Me entretenía cerrando los ojos y sintiendo el sol en mi piel. Cuando estaba a punto de conciliar el sueño escucho en la lejanía un batir de alas que va creciendo. Y diréis ¿qué era ese batir de alas? Era una bello e inocente herrerillo. Esta ave se posó en uno de los altos y robustos cipreses que había a lo largo y ancho del patio.
En más detalle, este patio tenía un hermoso pasillo central de piedra y a los lados hierba con fuertes cipreses. Finalmente, en los extremos del patio trasero hay entradas hacia la universidad. Me extrañó que este herrerillo hubiera venido aquí para pasar el rato. Entonces me di cuenta de que empezó a recolectar pequeñas y finas ramillas que se habían caído de los cipreses para hacer un nido. Y este suceso me sorprendió ya que quedaban unos 4 o 5 meses para la época de reproducción. Estábamos a principios de noviembre y esta cigüeña, este herrerillo ya se estaba preparando para cuidar de sus huevos.
Debido a esto empezaba a hacer más frío y tenía que buscar un sitio en el que resguardarse. Pasaron varios meses y cada vez venía más a menudo a este patio para ver cómo progresaba esta preciosa ave. En este periodo de tiempo también vi otras aves, como las urracas, que tenían un color negro y blanco muy característico; y como las cotorras, que tenían un color verde flojo y eran de las que más odiaba. Ya que no solo molestaban a otros animales, sino que además le quitaban materiales al nido de la cigüeña y eso me ponía de mal humor.
Acabó el mes de febrero, había pasado mucho tiempo y habían pasado muchas cosas importantes y esenciales. El primer suceso fue que, muy inoportunamente, nevó en toda España. Y como he dicho antes, este era un patio precioso con todos esos colores, pero en cuanto una fina capa de nieve cubrió este patio lo hizo único en todo el mundo.
Cuando lo vi, me lo grabé en la memoria como uno de los mejores paisajes que he visto nunca. Otro suceso fue el siguiente: el herrerillo terminó su nido a tiempo antes del periodo de reproducción, aunque la cotorra no se lo puso nada fácil. El último acontecimiento lo considero el más trascendental, ya que es el final de mi carrera de Humanidades y el comienzo de mi aventura en el mundo laboral. Este evento fue inolvidable, ya que se celebró en ese tan querido patio, hecho que recuerdo y voy a recordar con tanto cariño en mi corazón durante toda mi vida. Finalmente, el herrerillo siguió su vida y tuvo muchas crías: y yo seguí construyendo mi futuro.
Lucía Palero Boyero
IES Complutense
Amanecía suave en la Plaza Cervantes, allí en Alcalá de Henares. El aire traía consigo aromas de café. Las terrazas ya acogían las primeras conversaciones, y las sombras se mostraban pequeñas, andábamos sin prisa, sin un camino determinado, mirando más hacia el cielo que al frente, casi presintiendo que algo estaba a punto de suceder.
Cruzamos cerca de la estatua de Cervantes y continuamos por la calle Mayor bajo soportales que parecía susurrarnos relatos antiguos. Al llegar a la Plaza de las Bernardas, donde todo se mostraba en calma, y allí pudimos observar una urraca. Continuamos hasta la Plaza San Diego. Al llegar fue más bien una intuición de lo que iba a ocurrir al otro lado de la puerta.
Accedimos al edificio de la universidad. El patio interior, con sus arcos y columnas, se veía casi desierto. Pero al levantar la vista, allí estaban tres carboneros justo en uno de los inmensos cipreses. Uno de ellos, el de corbata más grande, sujetaba algo entre el pico. Los otros dos lo rodeaban con la cabeza ligeramente ladeada, como si esperaran su turno o simplemente contemplaran. No se distinguía qué comía: ¿un insecto? ¿una oruga? ¿algo que cayó del cielo? No lo sabíamos con certeza. Era de tono oscuro y de consistencia blanda y se esfumaba poco a poco en el pico del carbonero.
El alboroto provenía del exterior. Desde un pino alto, junto al muro del convento, una cotorra verde gritaba sin parar. Movía la cabeza a ambos lados, emitiendo chillidos agudos, como si intentara advertir o quejarse de algo que solamente ella entendía. De vez en cuando, saltaba de rama en rama, provocando que las hojas del pino se estremecieran brevemente antes de volver a la quietud.
En una farola cercana, descansaba una urraca. Permanecía inmóvil, pero su mirada expresaba mucho; atenta, desconfiada. El brillo se movía, sólo expresaba su atención desde las alturas, ladeando la cabeza de vez en cuando hacia la cotorra. Sobre la fachada de la universidad, varias palomas paseaban sin apuro, a veces volaban en círculos cortos, sin demostrar demasiado interés. Una de ellas descendió a beber a una fuente y se quedó mirando hacia arriba, justo donde las cigüeñas seguían en su enigmática comida.
No ocurrió nada más, al menos eso pensamos.
Pero el silencio era diferente. Aunque los sonidos persistían, la cotorra chillando, las palomas arrullando, la distante voz de la guía en la plaza. Todo parecía estar sumido en una pausa invisible. Un instante detenido como si algo hubiera comenzado en ese preciso momento, y únicamente las aves estuvieron al tanto.
De pronto apareció una abubilla, cosa muy rara porque suele preferir los sitios más tranquilos en la periferia de la ciudad. Y con toda su calma y su cresta en alerta registró cada rincón de la plaza. Siempre se llevó una recompensa a su meticulosa búsqueda.
Dejamos atrás la plaza sin hacer ruido. Pero arriba, en lo más alto, una cigüeña parecía vigilarnos. Y sin entender muy bien la razón, intuitivamente bajamos la mirada. Como si de repente nos hubiéramos convertido en el centro de atención.
Proyecto de Transferencia e intercambio del conocimiento e innovación (programa propio).
ESCENAVECINAS. Escenas urbanas de aves y vecinas.
Instagram del proyecto de investigación en desarrollo.
Proyecto de investigación base:
ARQUIFAUR. Arquitectura y fauna urbana.
web por Pedro Perles