Relatos de futuro

Son aquellos que, en base a la experiencia vivida por los estudiantes, definen un futuro venidero cargado de cuidados y atenciones. Presentan una mirada del devenir basada en el disfrute y el descubrimiento de las muchas más vidas cercanas con las que convivimos.

El reportero

Ese año me había aficionado con ser un reportero de aves urbanas, y en Alcalá había encontrado una de las nuevas especies que ya eran habituales en la ciudad, la abubilla. Pude camuflarme en uno de esos lugares de observación que tienen los jardines. Parecía una especie de traje de monje semirígido con una gran capucha y que estaba a espera de ser ocupado por cualquier curioso. No lo dudé, con cámara colgada me agazapé y accedí a esta pequeña arquitectura vegetal. Desde allí, guardando paciencia, sin apenas moverme, pude disfrutar el momento en el que la abubilla había subido a la ventana de la segunda planta del vicerrectorado de Alcalá, había una flor y unos insectos que parecían que le atraían especialmente. Dando la espalda a la ventana, el reflejo y sombra de su cuerpo sobre el vidrio se convertía en un pequeño acontecimiento de vida, el ave vista a la vez desde todas sus perspectivas pasaba de ser un fragmento de la historia a uno de escenografía.

El auditante.

Ese año habían estrenado en Alcalá lo que parecía una obviedad, igual que las lámparas de calle sirven para iluminar de noche, los auditantes permitían por fin oír mejor de día. Era como una especie de lupa del mundo que ya existía. Tan indómito como cercano. Era una especie de amalgama de formas vegetales ordenadas que definían unos brazos acústicos que se extendían y abrazaban los árboles existentes. Eran capaces de traer había nuestros oídos, como hace la fibra de vidrio con las imágenes, los sonidos de aves escondidos entre árboles y arbustos, ofrecer una suerte de rumor de cánticos de aves que eran difíciles de atender de otro modo. Cuando fui, me costó despegarme, lo dejé y me sentí como miope como cuando me quito las gafas, con la pena de dejar atrás la capacidad de apreciar algo que siempre me ha acompañado.

La submarinista.

Ese año era la primera gran pajareada que sea realizaba. Alcalá se había convertido en el punto más poblado de cigüeña blanca del mundo. A las ya estables y conocidas cigüeñas blancas, se sumaron también las negras. El cielo siempre se encontraba interrumpido por su presencia. Sombras de aves enormes recorrían las calles y plazas de la ciudad. Las cubiertas eran un continuo de acopio de material para nidos. Los tejados eran una suerte de estrato geológico más, cargado de ramas y restos de vegetación para formar nido. Nadie quería perder ese acontecimiento. Las pequeñas terrazas y balcones se llenaban de vida para disfrutan de esta compañía en los cielos. Con mi dificultad para moverme en vertical, había pocas posibilidades para disfrutar este momento. Sin embargo, como si estuviera bajo el agua, encontré el catalejo del submarino. Desde la cota de la calle, pude ascender para asomar la cabeza, y sentir el momento ser observada por un ave que busca un nido y a la vez una pajarera más que deseaba ese acontecimiento.

El disfrazado.

Mientras esperaba a que llegaran encontré un refugio, en principio no sabía lo que era, si un árbol, un arbusto o una construcción. Sin querer estaba en una especie de ciprés construido, un espacio que pasaba desapercibido. Parecía que estaba dentro de un ser, por fuera verde y casi desatendido con un interior cargado de ramas y de estructuras cuidadosamente montadas. La vegetación trepaba por ella y apenas dejaba huecos de luz que entrara. Ahí sentado me sentía en un jardín interior, pero no porque estuviera dentro de una construcción, sino porque era solo interior, el del cuerpo que definía una envolvente. Era peculiarmente singular, estaba en la intimidad de la vegetación, entre nidos y restos de ramas, en medio de un jaleo continuo de aves que no molestaban. Mientras esperaba, ese espacio parecía tan efímero, tan frágil como olvidado. No llegaban, pero el tiempo pasaba y solo podía centrarme en perder la mirada dentro de ese cuerpo que habitaba.

La enmascarada

Como si fuera una segunda piel, elevada unos escalones sobre el suelo y justo enfrente de la medianera que se encontraba cubierta por una increíble enredadera, había una especie de gran máscara para visitantes. Te cubría el cuerpo y solo dejaba ver a través de unas ventanas que permitían observar sin que te reconocieran. Cubría todo el cuerpo, no se identificaba mi contorno. Solo unas pequeñas estructuras alámbricas tensadas invitaban a pensar que era algo voluntaria la intervención vegetal donde me metí. Desde allí conseguí disfrutar de los vencejos y golondrinas que volaban velozmente haciendo pequeñas coreografías en el entorno del patio, mientras un verderón rondaba la ventana. La máscara me hacía pequeña, mirarlas directamente sin temor a ser espantadas, pasar de largo para que ellas no lo hicieran, me permitía realizar un ritual de transformación avial.

El soñador

Después de cuatro años hablando de salud mental, se ha decidido hacer una serie de intervenciones en la ciudad. Soñar, y no solo dormir es de las recomendaciones. Según dice la ciencia, escuchar aves nos permite alcanzar la dulzura onírica, nuestro cuerpo entra en trance, es como si recordara que estando ellas allí piando no hay depredadores que temer, nuestra mente puede viajar sin límites, poner en cuestión a todas nuestras luchas interiores. En El soñador veo a las aves como si fueran constelaciones, no las distingo bien entre ellas, pero bailan saltando y volando entre los troncos que rondan mis ideas. Mi cuerpo levita sobre una red que se distancia del suelo, todo parece hundirse en el contexto que lo envuelve. El sonido parece dulce, la estética de lo onírico se vuelve real.

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web por Pedro Perles