Relatos mágicos

Los relatos mágicos son aquellos que han volcado una mirada extraordinaria sobre las aves, aquellos que, partiendo de una situación aparentemente cotidiana, de pronto salen de su marco aparente para ser imprevisibles, relatos donde los autores se convierten enave o descubren situaciones oníricas que exploran de un modo diferente la ciudad.

Cernícalo que sobrevuela sus recuerdos

Berta Balonga Blanco

IES Complutense

Desde lo alto de la Catedral Magistral, donde el viento despierta el canto de las campanas, he sido testigo del paso del tiempo en la ciudad de Alcalá.

Nunca olvidaré la primera vez que mis profundos ojos negros divisaron por primera vez un amanecer en este hermoso lugar. Era una mañana de primavera. Soplaba un viento cálido del sur, y las campanas ya empezaban a repicar, anunciando a los vecinos que el día había comenzado.

Aquel fue el primer día de mi vida. Aún guardo un vago recuerdo de mi madre, trayéndome alimento cada mañana cuando mis alas, débiles y torpes, no sabían todavía lo que era volar. Pero esta tierna escena no duró mucho. Una mañana fría de invierno, mi madre, como de costumbre, partió en busca de comida, pero esta vez no regresó. Solía marcharse temprano, antes de que las demás aves encontraran los mejores manjares. Pero ese día el cielo se nubló más de lo normal, y con él, mi mundo. Desde entonces, Alcalá dejó de parecerme tan cálida. Algo en ella cambió: las plazas seguían llenas, las campanas seguían sonando... pero para mí, todo se volvió más gris. La ciudad me parecía más vacía. Y yo, más solo. Mis días pasaban como los de cualquier otro habitante de Alcalá. Yo ya no era un polluelo, pero tampoco un adulto listo para formar su propio hogar. Me pasaba las horas observando a los niños jugar en la plaza, y eran sus risas lo único que lograba transmitirme un poco de felicidad, ya que ni siquiera el repique alegre de las campanas conseguía calmar esa tristeza que me invadía.

Para entonces, ya había vivido más de cinco veranos en esta ciudad, pero algo me decía que aquel verano iba a ser distinto. Quizás fue por la llegada de aquellas risueñas golondrinas o porque el calor se volvía a adueñar de la ciudad, pero algo dentro de mí se encendió. Mi vida cambió radicalmente en una de las muchas cálidas mañanas de verano. Bebiendo en una fuente cercana lo vi. Otro cernícalo. Su mirada penetrante y llena de dulzura me dejaba sin vuelo, como si el tiempo se hubiera detenido para poder observarlo. Era esbelto y elegante como ninguno.

Él necesitaba de un nido donde poder resguardarse y yo, alguien con quien poder compartirlo. Su presencia me transmitió el deseo de construir un nido que no fuera solo de ramas, sino de vida. Éramos dos almas perdidas, destinadas a encontrarse en el aire tibio de aquel verano. Nos alejamos un poco del bullicio del centro y nos instalamos en una torre tranquila para poder dar un mejor cobijo a nuestras crías, que no se hicieron esperar. No había mayor alegría que observar cómo, día tras día, mis pequeñas crías desplegaban sus primeras alas y aprendían a volar.

Pero, como la vida misma me había enseñado, lo bueno no dura para siempre. Cuando nuestras crías emprendieron su propio vuelo, mi compañero de vida comenzó a enfermar. No había conocido tristeza mayor que ver cómo poco a poco se iba debilitando. Ya no era capaz de volar, y apenas tenía fuerzas para alimentarse. Finalmente, durante una fría noche de invierno, su corazón dejó de latir. En ese momento sentí que una parte del mío se fue con él. Después de tanto tiempo, la ciudad me volvía a parecer vacía. Cada pareja que paseaba por sus calles antiguas me recordaba lo que ya no tenía. Me volví una cernícalo solitario, amargado, que observaba desde las alturas sin alegría ni esperanza. No quería que nadie fuera feliz si yo no podía serlo. Volví a la Plaza de las Bernardas. Ese era el lugar donde nací y también donde quería pasar mis últimos días.

Una mañana tranquila, cuando el sol apenas asomaba entre los tejados, cerré mis ojos por última vez. Sentí el latido lento de la ciudad bajo mis alas ya cansadas. Y así, en silencio, me fui.

Pero algo de mí se quedó en el viento, entre las campanas... y en cada amanecer de Alcalá.

La urraca que enseña

Ainhoa Bengoa Alonso

IES Machado

Dicen que, en Alcalá, cuando la tarde empieza a plegarse sobre los tejados rojizos y la luz se vuelve más dorada, aparece una urraca que nadie mira dos veces. A esa urraca le gustan las cosas brillantes, como a todas, pero no por el valor que normalmente la gente les da. Se posa en los adoquines y recoge lo que el resto suele pasar por alto: una chapa usada, un broche metálico, el pendiente suelto que alguien perdió sin darse cuenta… Nadie entiende por qué los guarda; para los demás son objetos sin importancia, pero para la urraca son destellos que merecen ser rescatados. No puedo evitar identificarme con ella. Camino por las calles de Alcalá entre la multitud, escuchando las conversaciones que se me cruzan al paso, y como esa urraca, tengo la costumbre de recoger lo brillante de las personas: una risa, un gesto amable, una mirada gentil... una luz que ni a veces ellos saben que poseen. Recojo esas cosas como si fueran joyas y las guardo conmigo, porque a veces, quizás más de lo que quisiera, me siento como ese pájaro oscuro en el cielo de Alcalá: capaz de ver el brillo en todos excepto en mí misma.

Una tarde, sin embargo, mientras estaba sentada en un banco frente a la Universidad, vi a la urraca posarse a escasos metros de mí. Tenía en su pico un trocito de cristal, que con el reflejo del sol parecía una lágrima. La dejó caer a mis pies, y de repente comprendí algo: incluso la urraca sabe cuándo alguien necesita recordar que también brilla.

Quizás yo no soy la luz que busco en los demás, quizás soy la que aprende a verla. Y mientras camino por las calles antiguas de Alcalá, bajo la luz dorada de la tarde, pienso que tal vez la urraca no es sólo un pájaro extraño. Tal vez ella es un espejo alado iridiscente. Tal vez me estaba enseñando a mirar.

Cuidando la avencindad

Darío Galván Borrego

IES Complutense

Estoy planeando por encima de Alcalá de Henares. Pongo rumbo a la Plaza de las Bernardas, lugar donde tengo mi nido. Poco a poco me voy aproximando, mientras revolotean a mi alrededor varios vencejos, golondrinas e incluso otras aves de mi misma especie, la cigüeña blanca. Aterrizo en el nido, y mi pareja, que está dando calor a mis tres pequeños cigoñinos, me recibe crotorando.

En ese momento me doy cuenta de que hay un humano cuyo nombre parece ser Darío, observándonos y fotografiándonos, siempre desde una distancia prudencial para no asustarnos. Mi nido está en lo alto del Convento de las Bernardas, desde donde tengo vistas detalladas de toda la plaza: el Museo Arqueológico a la izquierda, el Palacio Arzobispal a la derecha, donde varias cigüeñas vecinas mías están también cuidando de sus pequeños y, en el medio, la regia estatua de la Cruz del Siglo.

Tras un largo vuelo, me tumbo para descansar, y veo que, en mi ausencia, mi pareja ha puesto un huevo nuevo. Al verlo, me pongo inmensamente contento. Entonces, llegan varios amigos míos a darnos la enhorabuena: verderones, gorriones, grajillas, y luego un cernícalo primilla. Éste, justamente, está anidando debajo de mí, en una caja nido que han puesto unos humanos, trabajando incesantemente para sacar adelante la prole de cernícalos.

Los pajarillos me alegran los oídos con sus incansables sinfonías, y veo cómo Darío se acerca lentamente hacia mí. Como veo que es inofensivo, despliego las alas, bajo planeando hasta la cruz, y le miro con intriga. Veo cómo él aprovecha para hacerme fotos, y para beneficiarle, crotoreo para llamar la atención de muchas cigüeñas de la zona, que enseguida se posan en todos los posaderos improvisados que encuentran, principalmente en los pinos de la plaza.

Al rato, los mirlos, verdecillos, pinzones, una pareja de pitos ibéricos, dos mitos, un mosquitero y palomas torcaces se arremolinan a nuestro alrededor, y bajan a una altura a la que a Darío se le hace más fácil tomar buenas fotos.

Unos instantes después, un grupo de humanos se aproxima montado en una grúa. A continuación, empiezan a mover la pala gigante e intentan quitar mi nido de la punta de la torre. Darío se acerca y discute con los hombres: no pueden hacer eso, pues estamos todavía criando y supondría un gran problema para la población de cigüeñas de Alcalá. Ellos argumentan que la torre está en peligro de derrumbe, pero está claro que es mentira, puesto que ellos son los primeros en poner pancartas gigantes encima.

Al final, Darío logra convencerles de que se esperen a que termine la temporada de reproducción, y, para agradecerle, subo volando a mi nido, cojo con el pico uno de mis tres polluelos y lo bajo para que le conozca. Él amablemente me indica un páramo cercano en el cual hay muchos anfibios y ofidios de los que me puedo alimentar.

Como ya no sé qué más hacer para agradecerle, decido volver a mi nido, pues ya se han ido las demás aves. Veo cómo Darío se despide y se empieza a alejar caminando. Unos instantes más tarde, me dispongo a empezar a volar para seguir a Darío y, aunque no sea mi intención, a vistas de todos, estoy planeando por encima de Alcalá de Henares.

La grajilla y sus secretos

Ulises Cañete Calvo

IES Machado

Era un domingo cualquiera, de noche. O quizá era lunes. El tiempo es difícil de concebir cuando llevas toda la noche sin dormir. Lo más seguro era que a las siete tenía que levantarme y solo había dormido unas tres horas, cuatro a lo sumo. Alcé la persiana y abrí la ventana. En medio del frío ya no tan glacial de noviembre se distinguían el reloj y los campanarios que lo rodeaban, como un séquito rodea a un rey. El cielo era de un color naranja intenso como el que precede a un amanecer radiante, aunque se podían ver capas de hielo en las lunas de los coches, testimonio de los cuatro grados bajo cero que había habido durante la noche. Las pocas personas que pasaban por la calle iban tan abrigadas que era casi imposible distinguir sus caras. Fui al comedor a mirar el reloj. Las seis y media. Cuál sería mi sorpresa al entrar de nuevo a mi habitación y ver que una grajilla se había posado en el alféizar de la ventana. Yo ya las había visto, pero de cerca su presencia imponía respeto, sobre todo cuando tenía el descaro de posarse en el mismo borde de la ventana. Era este un ejemplar magnífico de los de su especie, con plumas negras o tal vez grises en su cabeza. Con la negrura como el vacío en sus ojos, recuerda al cuervo que visitara a Edgar Allan Poe en sus delirios. Por mi mente pasó la idea de preguntarle no si volvería a ver a mi amada, que no he tenido ninguna, sino esto: ¿Volveré a dormir?

Fue este un pensamiento fugaz, pero mi asombro sobrepasó todos los límites imaginables al oír las palabras “nunca más” salidas del oscuro pico de la grajilla. Miré al pájaro. Me miraba con un brillo de inteligencia pérfida implícita en su mirada. Me acerqué consumido por el asombro, pero apenas lo hice, la grajilla salió volando. Aquel “nunca más” siguió flotando en la habitación mientras ella también flotaba en el aire, volando con su bandada, perdiéndose en la luz dorada que bañaba Alcalá.

Las cotorras escriben con pluma

Ainara Fernández Martín-Loeches

IES Complutense

Quizás alguna vez hayas pensado de qué ave provenía la pluma que sostiene Cervantes en la Plaza Mayor. Esta pluma desaparece de vez en cuando y vuelve a colocarse en el mismo sitio exactamente 2 días y 13 horas después de desaparecer. Muchas personas dicen haberla visto por los aires. Es extraño. ¿Cómo sería capaz una pluma de metal de sobrevolar los cielos? Unas estudiantes de cuarto de la ESO han decidido investigar el caso.

Tres amigas quedan en la plaza mayor todos los días durante dos semanas a la misma hora, las 5:00 de la tarde. En esas dos semanas, la pluma había desaparecido un total de tres veces y en ninguna ocasión habían sido capaces de presenciarlo. Uno de esos días les pareció ver a un ave llevar la pluma. Esta no era una cigüeña, el ave más típico y dado a conocer en la ciudad ya que es marca de esta. El ave que les pareció ver es una especie invasora que lleva ya con nosotros muchos años, una cotorra. Al principio dudaron que un ave fuera capaz de llevar la pluma de metal debido al peso de esta, pero después de sacar sus prismáticos, fueron capaces de ver con claridad a la cotorra por los aires agarrando la pluma metálica.

Una tarde de viernes, justo cuando el reloj de la Plaza Mayor marcaba las cinco en punto, las tres estudiantes se sentaron en el banco de siempre con los prismáticos preparados y un pequeño cuaderno en el que apuntaban los pequeños detalles que pasaban a lo largo de la calle. Habían perdido toda la esperanza cuando una de las chicas señaló el Ayuntamiento y las tres dos se giraron lo más rápido que pudieron para ver una bandada de cotorras puestas en fila. Se asustaron. Rápidamente se dieron la vuelta para no perder de vista la estatua y su pluma, pero esta ya no estaba. A lo lejos, con los prismáticos fueron capaces de ver tres cotorras llevando la pluma de la estatua de Cervantes. Salieron corriendo detrás de ellas y cuando frenaron, llegaron al lugar donde las cotorras habían estado escondiendo la pluma robada durante los dos días y trece horas. Era un pequeño agujero colocado a aproximadamente a dos metros de altura sobre el suelo. Dentro estaban las tres cotorras que acababan de robar la pluma y una cuarta, al fondo, con algo brillante entre las alas.

Las tres chicas no eran capaces de quitar el ojo del interior del agujero. Ahí había más que la pluma de Cervantes, había una serie de objetos metálicos y al fondo se podía observar algo aún más brillante. Cuando una de las chicas se acercó, descubrió que estaban construyendo una pluma, pero no una réplica, no era esa pluma elegante y recta que sostenía Cervantes era una pluma como las suyas, más corta, con más curvas y pequeños detalles que parecían haber sido hechos con sus picos.

Después de haber visto eso, las estudiantes hablaron sobre el motivo por el cual estarían haciendo eso. Quizás la quieren remplazar por una suya, quizás nos quieren decir algo. Al volver a la plaza dos días y trece horas más tarde, la pluma había vuelto a su lugar, pero esta vez la veían de una forma diferente, esta vez sabían que dentro de poco sería remplazada por otra.

Las cotorras escriben con pluma

Ainara Fernández Martín-Loeches

IES Complutense

Quizás alguna vez hayas pensado de qué ave provenía la pluma que sostiene Cervantes en la Plaza Mayor. Esta pluma desaparece de vez en cuando y vuelve a colocarse en el mismo sitio exactamente 2 días y 13 horas después de desaparecer. Muchas personas dicen haberla visto por los aires. Es extraño. ¿Cómo sería capaz una pluma de metal de sobrevolar los cielos? Unas estudiantes de cuarto de la ESO han decidido investigar el caso.

Tres amigas quedan en la plaza mayor todos los días durante dos semanas a la misma hora, las 5:00 de la tarde. En esas dos semanas, la pluma había desaparecido un total de tres veces y en ninguna ocasión habían sido capaces de presenciarlo. Uno de esos días les pareció ver a un ave llevar la pluma. Esta no era una cigüeña, el ave más típico y dado a conocer en la ciudad ya que es marca de esta. El ave que les pareció ver es una especie invasora que lleva ya con nosotros muchos años, una cotorra. Al principio dudaron que un ave fuera capaz de llevar la pluma de metal debido al peso de esta, pero después de sacar sus prismáticos, fueron capaces de ver con claridad a la cotorra por los aires agarrando la pluma metálica.

Una tarde de viernes, justo cuando el reloj de la Plaza Mayor marcaba las cinco en punto, las tres estudiantes se sentaron en el banco de siempre con los prismáticos preparados y un pequeño cuaderno en el que apuntaban los pequeños detalles que pasaban a lo largo de la calle. Habían perdido toda la esperanza cuando una de las chicas señaló el Ayuntamiento y las tres dos se giraron lo más rápido que pudieron para ver una bandada de cotorras puestas en fila. Se asustaron. Rápidamente se dieron la vuelta para no perder de vista la estatua y su pluma, pero esta ya no estaba. A lo lejos, con los prismáticos fueron capaces de ver tres cotorras llevando la pluma de la estatua de Cervantes. Salieron corriendo detrás de ellas y cuando frenaron, llegaron al lugar donde las cotorras habían estado escondiendo la pluma robada durante los dos días y trece horas. Era un pequeño agujero colocado a aproximadamente a dos metros de altura sobre el suelo. Dentro estaban las tres cotorras que acababan de robar la pluma y una cuarta, al fondo, con algo brillante entre las alas.

Las tres chicas no eran capaces de quitar el ojo del interior del agujero. Ahí había más que la pluma de Cervantes, había una serie de objetos metálicos y al fondo se podía observar algo aún más brillante. Cuando una de las chicas se acercó, descubrió que estaban construyendo una pluma, pero no una réplica, no era esa pluma elegante y recta que sostenía Cervantes era una pluma como las suyas, más corta, con más curvas y pequeños detalles que parecían haber sido hechos con sus picos.

Después de haber visto eso, las estudiantes hablaron sobre el motivo por el cual estarían haciendo eso. Quizás la quieren remplazar por una suya, quizás nos quieren decir algo. Al volver a la plaza dos días y trece horas más tarde, la pluma había vuelto a su lugar, pero esta vez la veían de una forma diferente, esta vez sabían que dentro de poco sería remplazada por otra.

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